Era un lugar entre dos grandes núcleos turísticos, parecía que no íbamos a llegar nunca pues era ya de noche y había que conducir despacio por esas carreteras de costa infinitas. Por fin llegamos, tarde y cansados, pero con un colchón donde poder dormir en una casa típica del lugar donde, sin grandes lujos, uno podía descansar y asearse. Nada nos hacía sospechar lo que nos encontraríamos al día siguiente.
Amanecimos temprano por el bullicio de los madrugadores y bajamos al porche. Alrededor de una gran mesa rectangular de madera, rodeada por el resto de huéspedes, nos esperaba un opíparo desayuno: café, leche, tostadas, fruta, bollos etc. El pequeño gato del lugar parecía uno más entre todos nosotros, acostumbrado a recibir a tanta gente, feliz husmeando entre las sillas de los allí presentes.
Y de fondo, unas frondosas higueras circundaban aquella puerta, puerta que se abría ante nosotros como el camino hacia la inmensidad invitándonos a sentir la libertad del mar que indómito azotaba el pequeño acantilado desde el que lo contemplábamos.
Amanecimos temprano por el bullicio de los madrugadores y bajamos al porche. Alrededor de una gran mesa rectangular de madera, rodeada por el resto de huéspedes, nos esperaba un opíparo desayuno: café, leche, tostadas, fruta, bollos etc. El pequeño gato del lugar parecía uno más entre todos nosotros, acostumbrado a recibir a tanta gente, feliz husmeando entre las sillas de los allí presentes.
Y de fondo, unas frondosas higueras circundaban aquella puerta, puerta que se abría ante nosotros como el camino hacia la inmensidad invitándonos a sentir la libertad del mar que indómito azotaba el pequeño acantilado desde el que lo contemplábamos.
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Costa de Split, Croacia |

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